Una Ontonomía de la pérdida, el duelo y la permanencia del amor
Ahora estoy listo para hablar de la muerte de mi madre. Digo «madre», aunque biológicamente fuera mi tía, porque hay maternidades que no dependen de la sangre, sino de la presencia, del cuidado y del amor con que una persona ayuda a otra a ser. La profesora Patricia Pimentel H. ocupó ese lugar en mi vida. Fue mi madre porque me acompañó, me sostuvo y participó profundamente en la persona que he llegado a ser.

El pasado 13 de marzo de 2026 volvió a la Casa del Padre. Lo hizo en su habitación, en la quietud de su cama, acompañada por las dos personas que permanecimos siempre a su lado: mi Nana, María, y yo. También estuvo con nosotros el profesor Josué Montalvo, mejor conocido como «Puchis», a quien conservaré una gratitud profunda por su cercanía, su generosidad y cada uno de los gestos que tuvo hacia mí y hacia nuestro pequeño núcleo familiar.
Mi madre se fue poco a poco, como una vela que entrega lentamente su última luz. Mi Nana acariciaba sus pies. Yo sostenía su mano y acariciaba su cabeza. Ya casi no había palabras, solo quedaban la respiración, el silencio, la ternura y esas manos que intentaban decirle, sin necesidad de hablar, que no estaba sola, que podía marcharse acompañada, que había sido amada.
Y se fue… pero en aquella habitación no murió solamente ella. Cuando muere alguien cercano, algo de nosotros parece también partir, se va la parte de nuestra vida que solo existía bajo su mirada. Se van ciertas palabras (petoshitos, como le llamadba de cariño, pi, como ella me decía), ciertos hábitos (como llamarle por teléfono todos los días), una manera particular de sentirnos hijos, hermanos, amigos o compañeros. La muerte del ser amado no deja intactos a quienes permanecemos y sin embargo, también sucede lo contrario, porque quien muere no se lleva todo consigo. Algo suyo permanece viviendo en nosotros: su voz, sus enseñanzas, sus cuidados, sus gestos, sus silencios, la forma en que nos enseñó a mirar la vida. A veces descubrimos que seguimos repitiendo sus palabras, otras veces reconocemos sus manos en nuestra manera de cuidar a alguien más. Comprendemos entonces que el amor crea una forma de participación en el ser del otro: algo de nosotros vive en quien amamos y algo de quien amamos comienza a vivir en nosotros.
Por eso aquella mañana entendí que la muerte separa los cuerpos, pero no consigue deshacer por completo lo que una vida compartida ha unido. José Luis Martín Descalzo, al recordar la muerte de su padre, se preguntaba: «¿Se puede, entonces, morir juntos cuando se ha vivido juntos?» Hoy creo que sí. No porque podamos morir en lugar del otro, porque hay un umbral que cada ser humano debe atravesar personalmente y es que nadie puede dar ese último paso por nosotros. Pero podemos acompañarnos hasta la puerta. Podemos prestar nuestras manos, nuestra voz y nuestra presencia para que la soledad inevitable de la muerte no se convierta en abandono.
Mi madre murió en su cama, pero no murió sola. Murió con una mujer acariciando sus pies, con un hijo sosteniendo su mano y con personas que, desde su fragilidad, intentábamos rodearla de amor. Y quizá eso sea morir juntos: no impedir la partida, sino permanecer hasta el final; no retener al ser amado, sino ayudarlo a marcharse sabiendo que su existencia había dejado una huella; no negar la muerte, sino responderle con presencia.
Desde aquel día he comenzado a comprender que el duelo no es únicamente aprender a vivir sin alguien, es aprender a vivir de otra manera con aquello que esa persona dejó en nosotros. No se trata de olvidar para continuar, se trata de integrar la ausencia sin permitir que se convierta en vacío; de transformar el dolor en memoria agradecida; de dejar que el amor recibido siga produciendo unidad, verdad, bondad y belleza en nuestra existencia. Porque nadie que haya amado profundamente sale intacto de una muerte, algo se va y algo queda. Y quienes permanecemos tendremos que descubrir qué hacer con esa presencia transformada que, aun en medio de la ausencia, sigue latiendo dentro de nosotros.
Durante las dos últimas semanas de su vida, mi madre comenzó a guardar silencio, ya casi no hablaba. Permanecía sentada en la sala, con el cuerpo inclinado hacia delante, la mirada baja y las manos quietas, no parecía estar esperando una conversación; tampoco daba la impresión de que quisiera explicar lo que estaba ocurriendo dentro de ella. Simplemente estaba ahí, recogida, como quien comienza a guardar sus cosas antes de emprender un viaje.
Al verla, comprendí lo que me dijo: «ya estoy cansada», y ahí fue donde comenzó a morir sola, porque también debo reconocer que se vive juntos y se muere solos. Mi madre me enseñó desde el silencio de sus últimas semanas, que estaba comenzando a despedirse del ruido. Nosotros, los que permanecemos del lado de la vida cotidiana, sentimos la necesidad de hablar: preguntamos, explicamos, recordamos, damos instrucciones. Queremos llenar todos los espacios, porque el silencio nos enfrenta a aquello que no podemos controlar, mientras haya palabras, conservamos la impresión de que todavía podemos hacer algo; pero llega un momento en el que las palabras empiezan a quedarse pequeñas y ahora estoy seguro de que hay experiencias que no caben en el lenguaje: la muerte es una de ellas. No porque no podamos decir nada sobre la muerte, sino porque todo lo que digamos será insuficiente ante su misterio. La muerte no es solamente un hecho biológico, es, como lo cité lineas arriba, un umbral, es la separación entre lo que conocemos y aquello que apenas podemos presentir, es el momento en que el ser humano comienza a abandonar las formas mediante las cuales se había hecho visible para nosotros. Mi madre estaba dejando de hablar, pero no estaba dejando de comunicarse, su silencio nos decía que algo estaba cambiando. Nos pedía otra manera de acercarnos, ya no se trataba de preguntarle qué necesitaba o de obligarla a responder, había que aprender a estar junto a ella sin exigirle palabras, había que aprender a escuchar aquello que su cuerpo callado comenzaba a decirnos.
Y quizá esa sea una de las primeras enseñanzas de la muerte: hay momentos en los que amar significa dejar de preguntar y comenzar simplemente a permanecer.
• Permanecer sin invadir.
• Permanecer sin llenar el silencio con nuestro miedo.
• Permanecer sin exigirle al otro que nos tranquilice cuando es él quien está atravesando el misterio.
La cultura en la que vivimos tiene dificultades para comprender el silencio, porque lo interpreta como vacío, ausencia, incomodidad o fracaso de la comunicación. Pero el silencio puede ser también una forma de plenitud. Hay silencios que no significan que ya no haya nada que decir, sino que aquello que ocurre es demasiado grande para ser reducido a palabras, por eso ahora comprendo que mi madre parecía preparar su espíritu para un buen viaje. No sé exactamente qué pensaba. No sé si recordaba su infancia, si repasaba los rostros de quienes había amado o si simplemente se iba desprendiendo de la necesidad de comprenderlo todo. No quiero atribuirle pensamientos que nunca expresó. Pero sí puedo decir lo que contemplé: poco a poco se fue retirando del ruido exterior y entrando en una región a la que nosotros ya no podíamos seguirla del todo. No era todavía la muerte, era su proximidad.
José Luis Martín Descalzo decía que la muerte caminaba «en zapatillas» por sus habitaciones. La imagen me parece profundamente verdadera. La muerte no siempre entra violentamente, derribando puertas, a veces se acerca despacio. Se sienta en un rincón de la casa, modifica los horarios, baja el volumen de las conversaciones y convierte en importantes los gestos que antes parecían pequeños. De pronto, acariciar una cabeza es más importante que explicar una teoría. Sostener una mano es más verdadero que pronunciar un discurso. Permanecer junto a una cama se convierte en una de las formas más altas de la bondad.
Y el silencio adquiere una belleza que nunca habíamos aprendido a mirar. Mi madre nos estaba enseñando a acompañar su partida, no lo hizo mediante instrucciones, lo hizo callando.
Hubo otra cosa que me impresionó profundamente: dejó de comer. Al principio, como ocurre tantas veces, uno piensa que si logra que la persona coma un poco más, recuperará fuerzas y por ello le acercamos alimentos, le ofrecemos aquello que antes disfrutaba, insistimos con ternura y también con angustia y otras veces con enojo, como fue mi caso; pero en el fondo, no estamos ofreciendo solamente comida: estamos tratando de retener la vida. Cada cucharada parece una negociación con la muerte: «come un poco», «haz un esfuerzo», «necesitas alimentarte». Y esas palabras nacen del amor, porque queremos ayudar, queremos cuidar, queremos impedir que la persona se debilite. Pero, con el paso de los días, comprendí algo que cambió mi manera de mirar aquel proceso: mi madre no dejó de comer y por eso murió; dejó de comer porque estaba muriendo. Las dos afirmaciones parecen semejantes, pero no lo son. La primera nos hace pensar que la muerte llegó porque algo dejó de hacerse y que, si hubiéramos insistido más, tal vez habríamos podido detenerla. La segunda nos obliga a reconocer que su cuerpo ya había comenzado el proceso de despedirse, no era simplemente falta de voluntad, no era descuido, no era una decisión contra la vida. Era la vida corporal retirándose lentamente de aquello que ya no necesitaba para continuar un camino que nosotros no podíamos recorrer con ella. Comprender esto no elimina el dolor; pero puede aliviar una culpa.
Quienes acompañamos a alguien en sus últimos días solemos quedarnos con preguntas que se convierten en reproches: «¿Hicimos lo suficiente?» «¿Debimos insistir más?» «¿Y si hubiera comido?» «¿Y si la hubiéramos llevado antes?» «¿Y si hubiéramos entendido lo que estaba pasando?» El amor, cuando se enfrenta a la muerte, busca desesperadamente una acción que pueda cambiar el desenlace. Y cuando no la encuentra, corre el riesgo de transformarse en culpa. Pero no todo lo que ocurre puede ser corregido. No toda despedida es consecuencia de una falta. No toda muerte significa que alguien dejó de hacer lo necesario.
Hay un momento en el que el cuerpo comienza a renunciar a sus antiguas exigencias. Deja de pedir alimento, conversación, movimiento. Se va simplificando, como si la existencia se desprendiera, una por una, de las cosas que la habían sostenido exteriormente. Entonces comprendí que acompañar no siempre significa combatir, a veces significa aceptar que la persona ya no necesita lo mismo que nosotros queremos darle. A veces significa dejar de luchar contra el proceso para comenzar a cuidar a quien lo está viviendo. Esto es difícil, porque estamos acostumbrados a pensar el amor como acción: resolver, alimentar, curar, proteger, intervenir; pero hay horas en las que el amor tiene que aprender otra gramática. Ya no puede conjugarse únicamente como «hacer». Debe aprender a conjugarse como «estar».
• Estar ahí.
• Estar cerca.
• Estar disponibles.
• Estar sin huir.
• Estar sin convertir nuestra desesperación en una carga para quien se está yendo.
La muerte no disminuye la dignidad del ser. Desde la Ontonomía, este momento nos enfrenta a una pregunta decisiva: ¿una persona que ha dejado de hablar, de comer, de caminar o de responder está participando menos del ser? La respuesta debe ser clara: no.
• Su cuerpo puede debilitarse.
• Sus facultades pueden disminuir.
• Su presencia visible puede volverse frágil.
• Pero su dignidad no depende de su productividad, de su lucidez, de su autonomía ni de su capacidad de ofrecernos una respuesta.
Una persona no vale menos porque necesite ser alimentada.
• No vale menos porque ya no pueda sostener una conversación.
• No vale menos porque su cuerpo esté apagándose.
• No vale menos porque dependa completamente de otros.
Esta es una de las pruebas más profundas para cualquier ética. Mientras la persona es activa, útil, fuerte e independiente, resulta sencillo hablar de dignidad; pero la verdad de nuestra visión del ser humano se revela cuando estamos ante alguien que ya no puede devolvernos nada. Ahí comprendemos si lo amábamos por lo que hacía o por lo que era.
La Ontonomía sostiene que vivir bien no consiste solamente en cumplir normas, sino en incrementar nuestra participación en el ser: más unidad, más verdad, más bondad y más belleza. Sin embargo, ese incremento no debe confundirse con mayor eficiencia o rendimiento. En aquella habitación, mi madre no estaba produciendo nada.
• No estaba resolviendo problemas.
• No estaba enseñando una clase.
• No estaba realizando las actividades que durante años habían formado parte de su identidad.
Y, sin embargo, su sola presencia estaba produciendo en nosotros una transformación profunda.
• Nos estaba obligando a detenernos.
• Nos estaba enseñando a cuidar.
• Nos estaba reconciliando con nuestra fragilidad.
• Nos estaba mostrando que una vida no se mide solamente por lo que hace, sino también por el amor que convoca.
Mientras su cuerpo parecía disminuir, su presencia adquiría un peso distinto. Todo giraba alrededor de ella, cada respiración importaba, cada gesto era observado, cada pequeño movimiento reunía nuestras miradas.
• Su fragilidad estaba creando unidad.
• Su silencio estaba revelando verdad.
• Su necesidad despertaba bondad.
• Y la ternura con la que fue acompañada producía una forma dolorosa de belleza.
Ahí estaban los trascendentales del ser, no como conceptos abstractos, sino encarnados en una habitación.
La unidad: reunir lo que la muerte amenaza con dispersar La muerte fragmenta. Divide el tiempo entre un antes y un después, separa el cuerpo de la presencia que amábamos. Rompe hábitos, modifica espacios y deja preguntas suspendidas; pero también puede reunir. En los últimos días de mi madre, nuestra pequeña familia se concentró alrededor de ella, la vida exterior perdió importancia., las preocupaciones habituales se volvieron pequeñas, ya no importaba quién tenía razón ni qué asunto había quedado pendiente, solo importaba estar. La unidad no consistió en negar que estaba muriendo, consistió en reunirnos alrededor de la verdad de lo que estaba ocurriendo. La muerte amenaza con dispersarnos por el dolor; pero el amor puede responder creando comunión. Quizá no podamos impedir que una vida termine, pero sí podemos impedir que termine en abandono.
La verdad: llamar muerte a la muerte Hay una verdad difícil que debemos aprender a pronunciar: mi madre estaba muriendo. Durante algún tiempo, uno evita decirlo, busca expresiones más suaves: Habla de cansancio, de debilidad, de una mala temporada. Y esa prudencia puede ser comprensible, porque no siempre estamos preparados para nombrar de inmediato aquello que nos está desgarrando; pero llega un momento en el que la verdad se vuelve una forma de amor. Reconocer que alguien está muriendo no significa abandonarlo, no significa retirar la esperanza. Significa dejar de exigirle que represente para nosotros el papel de quien todavía puede recuperarse.
La verdad libera a la persona de tener que tranquilizarnos y también nos permite despedirnos.
• Nos permite agradecer.
• Nos permite pedir perdón.
• Nos permite pronunciar las palabras que no deben seguir esperando.
La verdad ontológica no es crueldad, es transparencia ante el ser, es mirar la realidad sin máscaras para responder a ella con mayor humanidad.
La bondad: cuidar sin poseer. El bien, en aquellos días, dejó de consistir en intentar conseguir una curación imposible. Se hizo más humilde.
• El bien era humedecer sus labios.
• Acomodar su cuerpo.
• Acariciar sus pies.
• Sostener su mano.
• Bajar la voz.
• Cuidar su descanso.
• Hacerle sentir, aun cuando ya no pudiera responder, que seguía siendo importante.
La bondad no siempre realiza grandes acciones, en ocasiones se expresa en gestos tan pequeños que el mundo no los considera dignos de memoria. Pero quizá sean precisamente esos gestos los que sostienen la humanidad cuando todo lo demás comienza a desmoronarse. El amor verdadero no pregunta solamente: «¿Cómo puedo evitar que te vayas?» También aprende a preguntar: «¿Cómo puedo acompañarte para que no te sientas sola mientras te vas?»
La belleza: una vela que no se apaga sola. La muerte es bella, para los que nos quedamos, parece que no, para quien cruza ese umbral, yo creo que sí. Para los que nos quedamos la muerte duele, arranca, interrumpe, deja una ausencia que ningún pensamiento puede maquillar. Y aún así puede haber belleza en la manera de acompañarla.
• Había belleza en las manos de mi Nana acariciando los pies de mi madre.
• Había belleza en la mano que yo sostenía.
• Había belleza en el silencio de aquella habitación.
• Había belleza en que una mujer que había entregado su vida al cuidado de otros no terminara sus días rodeada de indiferencia.
La belleza no estaba en la enfermedad ni en la debilidad del cuerpo, estaba en el amor que se negaba a abandonarlo. Tal vez eso sea la belleza en su sentido más profundo: el resplandor del bien cuando el bien se hace visible.
Amar también es aprender a soltar. El ordo amoris nos enseña que no basta amar; hay que aprender a amar en el orden correcto y una de las pruebas más dolorosas del amor consiste en descubrir que amar no siempre significa retener. Nosotros queríamos que mi madre permaneciera, queríamos escuchar otra vez su voz, queríamos que volviera a comer, que recuperara fuerzas, que regresara a la sala y que la vida retomara su antigua forma; pero ella estaba caminando hacia otro lugar.
Amarla exigía cuidar su vida, pero también reconocer su proceso. Exigía estar disponibles para ella sin convertir nuestra necesidad en una cadena. El amor desordenado puede intentar retener al otro para evitar nuestro propio dolor. El amor ordenado comprende que la persona amada no nos pertenece.
• Nos ha sido confiada.
• La hemos recibido como don.
• La hemos acompañado durante una parte del camino.
• Y llega una hora en la que debemos colocarla nuevamente en las manos de Dios.
Esto no significa dejar de luchar antes de tiempo, tampoco significa despreciar los cuidados, la medicina o todo esfuerzo razonable por preservar la vida. Significa reconocer que hay un momento en el que la lucha cambia de sentido, ya no luchamos para impedir lo inevitable, ahora luchamos para preservar la dignidad.
• Para evitar el abandono.
• Para que el miedo no tenga la última palabra.
• Para que el amor quede suficientemente claro.
La última lección de mi madre: Mi madre fue profesora. Durante su vida enseñó mediante palabras, explicaciones, correcciones y ejemplos. Pero quizá su última lección fue pronunciada en silencio. Me enseñó que el ser humano no se prepara para morir acumulando más cosas, sino desprendiéndose.
• Primero dejó de hablar.
• Después dejó de comer.
• Luego fue dejando poco a poco el mundo visible.
No sé si ella era consciente de cada uno de esos pasos. Pero yo los contemplé como quien presencia una lenta simplificación del ser. Al final ya no quedaban proyectos, títulos, obligaciones ni preocupaciones.
• Quedaba una mujer respirando.
• Quedaban unas manos acompañándola.
• Quedó el amor…
Y quizá al final eso sea lo único verdaderamente esencial. Llegamos al mundo necesitados de unas manos que nos reciban y nos marchamos necesitando unas manos que no nos abandonen.
Entre ambos momentos construimos una vida, buscamos sentido, amamos, nos equivocamos, trabajamos y tratamos de comprender quiénes somos. Pero al final volvemos a la sencillez más radical: necesitamos presencia.
Por eso, hablar de la muerte desde la Ontonomía no es hablar solamente del final de la vida. Es preguntarnos por la calidad ontológica de nuestros vínculos.
• ¿Estamos viviendo de tal manera que podamos acompañarnos al morir?
• ¿Hemos amado con suficiente verdad?
• ¿Hemos dicho a tiempo lo que necesitaba ser dicho?
• ¿Hemos creado alrededor de nosotros una comunidad de presencia o solamente una red de relaciones funcionales?
• ¿Hay alguien cuya mano podamos sostener?
• ¿Habrá alguien que pueda sostener la nuestra?
A modo de conclusión, retomo otra vez la pregunta de Martín Descalzo: «¿Se puede, entonces, morir juntos cuando se ha vivido juntos?» Creo que sí. Morimos solos porque nadie puede atravesar por nosotros el último umbral. Pero también podemos morir juntos cuando hemos permitido que nuestra vida habite en la vida de otros.
Mi madre cruzó sola la frontera que separa este mundo de la Casa del Padre. Nadie podía dar aquel paso por ella; pero llegó hasta esa frontera acompañada. Y nosotros, los que sosteníamos su cuerpo, también éramos sostenidos por todo lo que ella había sembrado en nosotros.
Ella se fue.
Algo nuestro se fue con ella.
Pero algo suyo permanece aquí.
Permanece no como una sombra que nos impide vivir, sino como una presencia transformada que ahora nos llama a vivir de otra manera.
• A vivir con más unidad.
• A vivir con más verdad.
• A vivir con más bondad.
• A vivir con más belleza.
Tal vez ese sea el trabajo más profundo del duelo: permitir que la ausencia del ser amado no se convierta en disminución definitiva, sino en una nueva responsabilidad ante el ser.
• No vivir como si nunca hubiera existido.
• Vivir porque existió.
• No olvidar para dejar de sufrir.
• Recordar de tal manera que el amor recibido continúe dando fruto.
Porque la muerte puede apagar una voz, puede detener un corazón, puede vaciar una silla; pero no puede deshacer completamente una vida que ya ha entrado en la nuestra. Y mientras el bien que recibimos siga convirtiéndose en bien para otros, nuestros muertos no estarán solamente detrás de nosotros, en el recuerdo. Estarán también delante, mostrándonos el camino.

Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.